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Lunes 13 de junio de 2016

chica del mes

Rosa Ortega, una mujer valiente

La vida no le dejó otra opción que hacerse fuerte. Ese espíritu aguerrido la llevó a convertirse en guardiana de otras mujeres y crear un refugio en el corazón del barrio Fátima, en Villa Soldati, que brinda protección y contención a víctimas de violencia doméstica

 
 

 
Para comunicarse con el Refugio Mujeres Unidas en Acción: (011) 4919-3182.. 

"Mi experiencia –dice Rosa Ortega– es que los golpeadores no le tienen miedo a la policía, a la familia, ni a los abogados. Las mujeres organizadas somos las únicas que los podemos escarmentar. Así que cuando una vecina del barrio aparecía golpeada, nosotras esperábamos a la noche para ir a buscarlo a la casa y lo cagábamos a palos. Después de eso no volvía a tocarle un pelo".

Rosa –47 años, paraguaya, fundadora del Refugio Mujeres Unidas en Acción del barrio Fátima en Villa Soldati– justifica su preferencia por la acción directa: "Siempre me dicen que la violencia genera más violencia, pero yo les digo que tienen que vivirlo, estar ahí cuando llega una mujer con la cara desfigurada. Es un momento de mucha bronca. Los hombres nos tienen miedo porque somos grandotas. Yo les digo: ‘Vamos a ver si a vos te gusta que te hagan lo que vos le hacés a tu señora’".

Así era antes. El comisario le explicó que no puede entrar a la casa de los demás sin permiso porque la pueden denunciar y terminar presa, que ese no es el camino. "Ahora soy pacífica, pero extraño esa adrenalina", reconoce.

Rosa vive en el sur de la Capital, lejos del centro próspero, desde los tres años, cuando los padres vinieron a buscar trabajo y se instalaron en los monoblocks de Soldati. La necesidad apuró la adultez y con apenas 13 años ya trabajaba con cama adentro en una casa de familia.

"Tenía 16 años cuando llegué a Fátima. Siempre digo que la mujer pobre a esa edad ya es madura porque sufrió mucho. Nuestra casa era de cartón y vi robar y matar. A pesar de todo, hicimos muchas cosas lindas en el barrio. No debería decirlo, pero hay veces que miro hacia atrás y siento orgullo. Puedo caminar con la frente en alto".

Cuando lo hace, Rosa amontona saludos y pedidos de sus vecinos, los mismos que la reeligieron como presidenta de la junta vecinal el año pasado. Pero Rosa ya se había ganado el respeto y la confianza de su comunidad mucho antes.

"En el año 99 nos empezamos a reunir algunas mujeres del barrio. Era una época muy dura porque no teníamos para comer. Trabajábamos de cartoneras o íbamos a ´cirujear´ al Mercado Central hasta que se nos ocurrió hacer una feria de platos para juntar plata y así ayudarnos entre nosotras. Vendíamos mermeladas y chipá, y con lo recaudado le pagábamos el pasaje a cada vecino que tenía que ir a trabajar o comprábamos el remedio que alguno necesitaba".

Rosa descubrió muy pronto que la plata no alcanzaba para llevar alivio a todos. Los casos de violencia familiar eran cada vez más graves y frecuentes y en 2001, junto con las compañeras más "corajudas", como le gusta decir a ella, fundaron Mujeres Unidas en Acción, un refugio para víctimas que se ocupa desde acompañarlas a la comisaría, realizar la denuncia hasta brindarles apoyo psicológico o asesorarlas en trámites para conseguir los documentos que necesiten.

"Por suerte ahora las mujeres se animan a contar y vienen de todos los barrios. También llegan desde más lejos, como González Catán o Laferrere, porque hablamos el mismo idioma. A mí no me tienen que explicar lo que sufren. Mi papá era muy violento así que desde chica odio a los hombres golpeadores. Cuando la mujer la pasa mal no tiene fuerza para hacer ningún trámite, encima las hacen esperar, las tienen como bola sin manija. En el refugio, en cambio, las escuchamos siempre y todos los días tenemos reuniones con psicólogos, asistentes sociales, profesores y médicos".

Rosa admite que no puede hacer frente a la demanda (todas las noches el refugio entrega 300 viandas de comida caliente que solo alcanzarán para los puntuales) y por eso la mayoría de las víctimas son derivadas a centros asistenciales a cargo del Gobierno de la ciudad. Sin embargo, ella mejor que nadie sabe identificar los casos peligrosos.

"En el refugio –explica– se quedan las mujeres que están escapando de sus parejas. Hay que tener mucho cuidado y hacer todo a escondidas para que no la vea ningún vecino y le vaya con el cuento al marido".

Si el violento pretende "recuperar" a su mujer, además de sortear la bravura de Rosa deberá imponerse frente al par de gendarmes que monta guardia en el refugio las 24 horas del día. "En cada esquina del barrio –justifica la mujer escoltada– había un grupo de pibes que se drogaban, robaban, violaban y yo me peleé con toda esa gente. Arriesgamos la vida a diario y es cuestión de suerte que te maten de un tiro en la calle. Una invierte vida en esto, pero nuestros vecinos lo necesitan".

Confiesa que le cuesta creer que todavía haya mujeres que vuelvan una y otra vez con sus parejas violentas y que cuando eso ocurre no puede disimular el enojo.

"Una vez, una mujer se había escapado de su marido y dormía con su hijita en el refugio. La nena no paraba de llorar y para tranquilizarla le dije que no tuviera más miedo porque a partir de ese día yo era su tía y si su papá le volvía a pegar yo iría a buscarlo y lo haría pagar. Entonces la nena se calmó y me preguntó si podía contarme algo. Me dijo que su papá le hacía lo mismo que le hacía a su mamá en la noche. En ese momento no supe qué hacer y lo único que me salió fue abrazarla. Y así nos quedamos toda la noche. La nena, su mamá y yo abrazadas sin decir nada".

Rosa dice que tiene la mente cansada por tantos recuerdos. También cuenta que sufre hemorragias que la debilitan y que no puede postergar más la cirugía. Por suerte se da cuenta de que ya hubo demasiados sacrificios en su vida.

"También soy mamá de siete hijos así que mi familia es grande y tengo problemas en mi casa como tiene todo el mundo, pero sé que tengo que hacerle caso al médico. Sino me voy a morir y muerta no puedo ayudar a nadie"..

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